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Nombres propios

. Publicado en La mirada corta

por Raúl O. Artola

“...muy engañado está quien crea que es fácil
pronunciar un nombre, en el amor, por primera vez”.
José Saramago

BedriskaUzdilova tresgeneracionesa"Tres generaciones", de Bedríska Uzdilová.

Le dijo que amar era poder decir el nombre de la persona amada. Le aclaró que de esa manera el amante demostraba que reconocía al otro como un ser distinto de él, con voluntad e inteligencia propias, que estaba dispuesto a respetar en toda circunstancia.

Era por eso, siguió explicándole, que él la nombraba muy seguido, hasta sin necesidad, por el solo gusto de oír su nombre y para producir en ella los beneficiosos efectos de una aceptación total de su ser, de su autonomía, de su libertad.

Dicho esto, le sugirió que intentara pronunciar su nombre más a menudo, llamarlo sin un motivo concreto, para irse acostumbrando a la idea de que él no le pertenecía.

Ella escuchó con mucha atención y prometió hacer un esfuerzo, aunque no dio la impresión de haber comprendido cabalmente el profundo sentido de la solicitud.

Después de ese episodio la vida de la pareja siguió transcurriendo con los auspicios de una dicha casi sin sobresaltos ni interrupciones, salvo las discusiones menores que distraen la rutina amorosa y consolidan los vínculos con húmedas reconciliaciones.

Sin embargo, pasado un tiempo, él volvió a observar que ella nunca lo llamaba por su nombre, reemplazándolo casi siempre por las tiernas voces que los enamorados creen inventar para exaltar sus sentimientos o las virtudes de la persona amada.

Esta comprobación lo sumió en un estado depresivo. Ella no hizo preguntas ni alteró sus hábitos de conducta o el estilo de la relación, como si nada sucediera.

Él tampoco habló sobre el asunto ni quiso preocuparla con sus visitas al médico primero y al psicólogo después, siguiendo una recomendación de su padre. También se encargó de ocultarle que tomaba un preparado cada ocho horas, por lo que debió disimular con oportunas salidas de escena la ingestión de algunas dosis, cuando se encontraba con ella.

El deterioro de la antigua felicidad era evidente, a pesar de que ambos procuraban que pasaran inadvertidos sus signos más alarmantes.

Un velo tan espeso facilitó el efecto de amarga sorpresa que se abatió sobre familiares y amigos al conocerse la noticia de que él se había pegado un tiro en la boca, en el baño de la casa de su novia, un atardecer de domingo.

Nadie pudo explicarse, ni se atrevió a preguntar, por qué ella gritó su nombre un momento antes de escucharse el disparo ni tampoco por qué no dejó de acariciarlo durante la noche del velatorio, llamándolo quedamente con el diminutivo cariñoso que lo distinguía de su padre desde chico.

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