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Cachorros, pichones y otros animalitos (I)

. Publicado en La mirada corta

Por Raúl O. Artola

Suelo incursionar por lo que ciertos empiristas llaman "vida real" más a menudo de lo que muchos suponen. E incorporo valiosos aprendizajes, de los que quiero dejar un par de testimonios. Después regresaré al mundo libresco que, para los mismos empiristas, pertenece a un orden más o menos esotérico o risible.

Una de mis últimas tardes con mi nieta Amparo, de seis años, hablamos de animales. En primer lugar, la parición de su gata, por primera vez, la tenía muy excitada y locuaz. Describió la cría, se lamentó de dos que murieron y me ofreció uno, el que yo eligiera. Le dije que a mi gata de 13 años tal vez no le cayera bien la llegada de un cachorro.

¿Cachorro?, se sobresaltó, ¿por qué le decís así? Vinieron las explicaciones sencillas, breves, que entendió inmediatamente y le quedó gustando la palabra.

Al rato, buscando algo por internet que quería ver, se cruzó un pájaro y quiso verlo, me habló de nidos y yo aproveché para hacer el panegírico de la casita del hornero, que ella desconocía. Guardaba, para una eventual ocasión como ésta, un archivo esmeradísimo de alguien que fotografió paso a paso la construcción de un nido con gran definición y desde el mismo enfoque. Lo vimos dos veces y hablamos de los planes de la pareja de horneros, que ya quedaban en condiciones de procrear.

¿Cómo pichones? Horneritos querrás decir, me interrumpió. De nuevo hizo falta una aclaración, que volvió a admirarla.

Amparo es una nena que ha ido a guarderías y jardines varios años, además de ser criada por padres con educación de nivel medio y que trabajan. Son jóvenes que promedian la treintena, tienen muchos vínculos familiares y amigos y vecinos de toda condición social. Además, la han estimulado desde pequeña de muy diversas maneras; lleva tres años estudiando inglés, por ejemplo.

Diálogos en una plaza

Una tarde de la primavera pasada, hacía tiempo en un banco de plaza con los suplementos culturales de los diarios del fin de semana cuando reparé en movimientos y dichos de una mamá con su hijo de unos cinco años.

Una perra curiosa se les acercó y el nene la acariciaba, por momentos, con bastante torpeza. La madre, atenta, le advirtió que si la golpeaba en la "espalda" podía enojarse y morderlo, aconsejándole que suavizara las efusiones.

Al rato, el nene le preguntó a su mamá si el animal era "varón" o "mujer" y la señora, sin hesitar, le respondió "mujer".

Por varios signos bien claros, la progenitora no daba la impresión de ser una persona iletrada o extranjera. Sin embargo, para ella la palabra lomo parecía integrar solamente el catálogo de cortes vacunos y doy por descontado que un exceso de corrección política y eventual militancia de género la inhibían para usar la palabra hembra.

La cuestión es que su hijo se vio privado de conocer el nombre verdadero de las cosas, dos veces en pocos minutos. No quiero imaginar cuántas otras privaciones deberá soportar hasta que salga al mundo por sus propios medios y voluntad.

De algunos escritores, editores y correctores

Prometí que me referiría también al orbe de las letras, ya que de palabras hablamos.

El año pasado leí una colección de relatos de una joven escritora argentina, muy celebrada por algunos de sus pares y por la prensa, además de tener por madrina a otra escritora, mayor y con importante volumen de ventas de su obra.

Los cuentos, con despareja calidad como es casi norma difícil de vencer, alcanzan jerarquía literaria y son recomendables. No obstante, marqué con lápiz cuatro pasajes donde utiliza el presente cuando corresponde el pretérito imperfecto del subjuntivo, en las oraciones subordinadas donde la primera acción está en pasado. Un ejemplo sencillo, tomado de otra parte: Se escribe y se dice "Le arrebaté el revólver antes de que llegara la policía"; es aberrante reemplazarlo por "Le arrebaté el revólver antes de que llegue la policía".

Acostumbrado a detectar este error todos los días en los medios escritos, creo que el defecto de esta escritora, con ser grave, no es lo peor. Lo imperdonable es que la autora ha tenido un/a editor/a de ese libro y que además el texto debió soportar la corrección por parte de los encargados de esa sección, donde se practica la doble supervisión: gramatical y de estilo.

A una "lenta agonía del subjuntivo" se refirió hace algunos años Vicente Verdú en "El País" de Madrid, citando a Umberto Eco: "Me parece muy importante el subjuntivo porque él es el único que expresa el tiempo de la hipótesis y de lo posible, de lo no-real". Y el propio Verdú concluyó afirmando que el subjuntivo es "el tiempo que crea en el habla y la escritura la escena cóncava de la suposición".

Con todo esto quiero decir que un buen escritor no tiene la obligación de escribir en forma "perfecta" sino hacer buena literatura. De la calidad formal de la escritura hay gente que se encarga en las editoriales. Lo que estoy intentando mostrar es que muchas de esas personas no hacen bien su trabajo, con grave perjuicio de la expresión escrita y sus seguras secuelas en el habla cotidiana.

No solo la televisión, los mensajes de texto, la baja calidad educativa de la lengua y la deficiente comunicación en el entorno familiar empobrecen el idioma. A ese proceso de degradación ahora contribuyen también las empresas editoriales publicando libros mal escritos.

(continuará)

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