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Cachorros, pichones y otros animalitos (II)

. Publicado en La mirada corta

Por Raúl O. Artola

La traducción al castellano

Desde hace al menos veinte años padecemos las traducciones de autores extranjeros realizadas en España en un castellano sembrado de modismos peninsulares, como si el destino de las ediciones solo fuera el consumo interno, cuando en la mayor parte de los casos el mercado más importante es el hispanoamericano.

Si bien muchos nunca aceptamos una cultura lingüística imperialista -la misma que pretende imponer a nuestro idioma el nombre de "español" en lugar de castellano con la complicidad de buena parte de los subsumidos, allá y acá-, en los tiempos últimos soportamos una nueva plaga en el mundo de las traducciones. Y no solamente en las provenientes de editoriales españolas.

Siempre habíamos creído que el principal atributo, la competencia excluyente que un traductor debe tener, es el dominio del idioma en que están escritas las obras originales. Y no es que esto no deba seguir siendo así, indudablemente es un requisito básico para ejercer el oficio de traducir.

El problema más reciente, y de vertiginoso crecimiento, es que muchos traductores no escriben bien en castellano; tal vez sepan mejor el idioma de origen que el de llegada.

No voy a exponer una ristra de ejemplos, propia de un obsesivo que ha perdido la capacidad de disfrutar de la lectura en aras de encontrar las numerosas pifias de la traducción, como un celador sádico que persigue a los alumnos hasta el baño para sorprenderlos fumando.

En el escaso tiempo que llevamos del año 2012, registré en tres libros de autores extranjeros, traducidos en dos casos por argentinos y en el otro por un español, los siguientes dislates: "demole" por demuele; "vertió" por virtió, e "inicuidades" por iniquidades. Por ser tan elementales y escandalosos estos barbarismos, no comprendo cómo pasaron por el filtro del departamento Corrección de las respectivas editoriales (y ya estamos de nuevo en el terreno de las incompetencias seriales, como vimos en el caso de los errores de un escritor).

Y algo más: en "El país del agua", de Graham Swift (Editorial Anagrama), su traductor adormilado, negligente o pícaro, no tradujo la palabra "fens" por pantanos y la tomó como si fuera un sustantivo propio, limitándose a escribir "región de los Fens", "zona de los Fens". O sea que nos vendió gato por liebre: ¿quiso "prestigiar" la vulgaridad de los pantanos adjudicándole un nombre que aludiera al hipotético apellido de algún antiguo poblador? ¿O solo desconocía la palabra y tuvo pereza para consultar el diccionario?

En nuestro país

La Argentina tiene una ilustre tradición de traductores. Me bastaría mencionar, sintetizando mucho, a Borges, Bianco, Pezzoni, Armani, Aurora Bernárdez, Cortázar, etc., con continuadores como Amalia Sato (portugués y japonés), Delia Pasini y Mirta Rosenberg (inglés) o Jorge Aulicino (italiano), entre los que recuerdo de inmediato. Recomiendo, para ampliar esta lista, la revista digital "La máquina del tiempo", de Hernán Isnardi, y en particular la nota "Algunas malas traducciones" (http://www.lamaquinadeltiempo.com/temas/traducc/malastrad.htm?)

Pero esta riqueza que tenemos entre nosotros seguramente se devalúa en la práctica porque los mejores no son convocados muy a menudo, al menos por las editoriales más grandes y poderosas. Intuyo que una vez más el perverso juego de la oferta y la demanda otorga trabajo a los más baratos, o sea a traductores inexpertos, a amigos que alegan experiencia, a recomendados de las empresas.

Como hipótesis de prueba, quisiera saber, por ejemplo, quién tiene los derechos sobre la traducción de Ricardo Piglia de "Hombres sin mujeres" de Hemingway, que hace muchos años publicó Ediciones Librería Fausto. ¿No será muy caro comprarla, según criterios de mero lucro, para la eventualidad de que alguien deseara reeditar ese libro? Tal vez les resulte bastante menos oneroso encargarle una nueva traducción a un muchacho o chica que no han leído a Hemingway ni a Piglia. Ni a muchos otros.

Sé que hay un Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y me pregunto si estos temas serán motivo de sus reuniones y discusiones, si se plantean jerarquizar la profesión, agremiarse o fundar un colegio.Y si no estará llegando el momento de declarar a la traducción en estado de emergencia. Por mucho menos, varias actividades de nuestro país viven en esa situación desde hace años. Con diferentes diagnósticos y dudosos pronósticos sobre su futuro.

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